CRÍTICA | IDA, la búsqueda de los orígenes

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Ida es una película procedente de Polonia dirigida por Pawel Pawlikowski se estrenó hace casi un año en España gracias a la pequeña distribuidora Caramel Films, con unos datos muy buenos de recaudación teniendo en cuenta el tipo de película europea que es. Y a partir de ese momento, sin contar el exitoso paso por festivales previo, no ha parado de recoger premios. Los últimos el Goya y el BAFTA este pasado fin de semana. Y aunque perdió el Globo de Oro frente a Leviathan de Andrey Zvyagintsev, sigue estando entre las favoritas entre las nominadas al Oscar a Mejor Película de Habla no Inglesa, categoría por otro lado muy ajustada y con mucha calidad.

La quinta película de ficción del director polonés nos cuenta la historia de Anna una joven novicia que es obligada a ir a ver a su único familiar vivo antes de tomar los hábitos, su tía, Wanda, quien no quiso ocuparse de ella después de que sus padres muriesen durante la ocupación nazi. Durante esos días, la joven descubre el mundo del que es protegida bajo esas cuatro paredes y el crucifijo, y encuentra las respuestas, quizás no las que se imaginaba, sobre sus orígenes.

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La propuesta de Ida de Pawel Pawlikowski se despoja de grandes artificios y apuesta por una narración basada en planos fijos con una preciosa fotografía en blanco y negro y unos encuadres de lo más peculiares y estéticos. El film busca mantener siempre presente esa presencia etéreo-religiosa en la que a pesar que en el 90% del metraje se construya simplemente con los dos personajes femeninos, siempre da la sensación de cierta presencia del pasado o del más allá. La película con guión del propio Pawlikowski se construye por opuestos, se contrapone sutilmente el pasado y el presente, la seguridad de un convento frente a la libertad de una realidad con fuertes claroscuros, la ignorancia de la juventud ante la experiencia traumática. Poco a poco todos los conceptos se funden en una bellísima y agridulce historia de ritmo pausado.

El film es la representación gráfica de ese refrán tan español “la procesión va por dentro”. Un asombroso ejercicio de contención tanto a nivel técnico como a nivel interpretativo. La joven Agata Trzebuchowska interpreta a Anna con una férrea voluntad de ser monja porqué nunca ha salido del convento. Su encuentro con su tía la llevan a una profunda reflexión y se debate entre vivir la  vida real con una libertad desconocida para ella o bien refugiarse bajo el abrazo de la religión. Sus movimientos delicados, su mirada y su delicada presencia hacen que su interpretación sea perfecta y necesaria para el desarrollo del film. Agata Kulesza interpreta a Wanda e interpreta a la otra cara de la moneda.  Una mujer que ha vivido probablemente el peor episodio de la Europa moderna como fueron las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y el nazismo, y a pesar de sobrevivir, parte de ella se quedó allí. Fumadora y bebedora compulsiva ahoga sus recuerdos como puede, aunque ninguna fiesta, ni ninguna borrachera es suficiente una vez pasada la resaca. Dos personajes que también se definen por opuestos, y que enriquecen la narración propuesta por el director.

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Ida es una pequeña y notable muestra del cine europeo con más voluntad artística con unas imágenes en blanco y negro que le ha sido reconocida con la nominación a mejor fotografía en la próxima edición de los Oscars, y unos encuadres virtuosos en formato 4:3. Un relato sobre las sombras del pasado y la incertidumbre del futuro con dos buenas interpretaciones.

NOTA

nota7'5t

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