CRÍTICA | Gabor de Sebastián Alfie

Cartel Gabor para imprimir

A pesar de ganar el premio Gaudi a mejor documental, y estrenarse, probablemente con muy pocas salas, el 9 de septiembre en el territorio español, lo cierto es que cuando empezó a ser conocida, coincidiendo con el reconocimiento, era prácticamente imposible de ver en el cine. Una de las últimas oportunidades de verlo en pantalla grande fue el pasado lunes en Rambla de l’Art, un pequeño cine de Cambrils que gracias a la iniciativa de Owlyn Films, liderada por Toni Badimon, ha apostado por una programación diaria de tres o cuatro sesiones diferentes con películas dobladas y en versión original, comerciales y más de autor. Para la proyección además estaría el protagonista Gabor Bene para debatir los detalles de la obra una vez terminado su visionario.

Gabor es un documental surgida de un proyecto del propio Sebastián Alfie. El director freelance recibió un encargo de la ONG, Ulls del Món (Ojos por el mundo) para realizar una pieza corta sobre el trabajo de esta organización. Sin una idea demasiado clara, Alfie conoció a Gabor Bene, exiliado político, director de fotografía que se quedó ciego hace diez años por culpa de un glaucoma que ahora tiene una empresa de material fotográfico que alquila a producciones cinematográficas. El director decide ofrecerle a Gabor el puesto de director de fotografía y ambos junto con un equipo reducido se dirigen a Bolivia para empezar el rodaje.

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El punto de partida, rodar una obra con un director de fotografía que es ciego, resulta apasionante y atractivo. Gabor funciona como un “detrás de las cámaras” del encargo de la ONG de reglamento, entrevistas y comentarios apostillados a lo largo del viaje a Bolivia. Poco a poco vas conociendo a los dos personajes principales: al director Sebastián Alfie, y Gabor. Y es precisamente este último el que consigue mantenerlo a flote y siempre interesante. La manipulación, inevitable por otra parte, del director y narrador de la historia, queda demasiado al descubierto sobre todo en un primer tramo introductorio en el que se da demasiado protagonismo a sí mismo, sin que esto tenga una necesidad en la obra.

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El documental no tiene demasiado claro el foco principal de la historia y va dividiendo los minutos de metraje entre la figura de Gabor, y las tres historias reales de pacientes de la ONG en Bolivia. Y a pesar de que ambos casos son interesantes, el hecho de dividir las fuerzas hace que no profundice en ninguno de los dos casos. De Gabor solo conocemos lo que todo el mundo nos dice de él, su fuerte confianza en sí mismo y sus decisiones y su integridad personal. Pero no nos cuenta su apasionante “mirada” a la escena, el porqué de sus decisiones o como preparan la escena previamente con el propio director. Y de los casos solo vemos momentos puntuales, sin saber más sobre esas comunidades y familias.

NOTA

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Lo que no sabíamos es que el resultado agridulce de un documental con mucho potencial pero muy poco aprovechado, iba a ser lo de menos al empezar una distendida disertación con el mismo Gabor que tenía muchas ganas de hablar y lo hizo con los 15-20 espectadores que asistimos a la proyección. En los 30-45 minutos que estuvo revolviéndonos dudas descubrimos que la fascinación de todos sus compañeros en ese rodaje no era baladí. Sus conocimientos del cine, su manera de entender la necesaria e importantísima educación visual para comprender realmente lo que vemos, sus múltiples proyectos de futuro, y su serena presencia, siempre acompañado por su perro Gustav nos enseñaron más que todo el documental, y a más de uno consiguió satisfacer la curiosidad que lejos de ser apaciguada solo había aumentado tras ver la hora y pico de no ficción.

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